La pcicatriz en la psiquitrilla

Por Clocodomiro Moquete

[Este es el primero de una serie de trabajos muy breves que voy a insertar sobre los problemas actuales de la dominicanidad. Si alguien se siente ofendido quedaré muy satisfecho]

Hace mucho tiempo que estoy por escribir un libro cuyo contenido es la intimidad de los dominicanos. Siempre pensé que los autores que se dedicaban a determinar primero el título y después el resto del libro estaban tuche. Hasta que yo mismo me he dedicado durante años a buscar el título antes de enfrascarme en el resto de este libro. Estoy tuche.

Como se puso de moda hace algún tiempo titular la obra con el nombre de un plato de la dieta diaria pensé en la palabra plátano para el título de mi libro, pues a los dominicanos nos conocen como plátanos en Nueva York y en otras ciudades en el extranjero. Pero entonces recordé que en el país la mayoría de la gente no sabe que somos plátanos. Luego pensé en un título que me gustó muchísimo: “Blancos de la tierra”, pues así nos llamábamos nosotros mismos en la época de la colonia para aclarar que los negros que no éramos negros no éramos negros.

Ahora recientemente he pensado en Sicote y entonces sí que encontré el título adecuado. Sicote es una voz muy dominicana y esa es la idea. Para que el olorcito no molestara tanto pensé disfrazar el vocablo, darle carácter helénico por ejemplo, y escribir psicote. Estoy seguro de que te gusta, ¡oh lector!, este título maravilloso: Psicote. Casi no jiede. Casi güele bien.

Pero como lo que voy a tratar en el libro se pasa de Psicote porque está más cerca del culo que de los pies, es posible que el título adecuado sea Cica, que en buen dominicano significa pupú, y podría hasta escribir Cica con ese y no con ce, de manera que fuera Sica, y mejor Psica. Aunque quizá no es malo que sea Pcica. Como pueda alguien decirme que no soy más que un mojón, entonces concluiría escribiendo Pcicote. ¡Fo!

Como buen libro malo, que es el que estoy escribiendo y el que estás leyendo, sicotudo, la introducción larguísima que son los párrafos anteriores lo que busca es llegar hasta una cicatriz, mira qué vaina del carajo. Y como se trata de la cicatriz de unos dominicanos que no tuvieron que irse en yola porque consiguieron la visa, entonces es mejor adornar esa cicatriz para que quede disfrazadita, y así el costurón se leerá Pcicatriz. Por si acaso, se debe incluir en la cuenta que no toda pcicatriz viene de pcica. Un día voy a preguntar cómo le queda la vaina al carajo, pues uno siempre se refiere a la maldita vaina del carajo.

Hace muchos años, cuando yo era un muchachón, circulaban de cuando en cuando noticias de dominicanos que lograban destacarse en alguna actividad en el extranjero, y como les daba vergüenza, ¡pobrecitos!, decir que eran dominicanos, lo que hacían era negar que fueran dominicanos. La mejor manera de no ser dominicano es negar que se sea dominicano. Total, que durante la época de la colonia los negros aprendimos a no ser negros simplemente diciendo que éramos blancos. ¡Es tan fácil!

Como era una vergüenza negar por vergüenza en el extranjero que eran dominicanos, porque les daba vergüenza, entonces dejaron de negar que eran dominicanos pero seguían sintiendo vergüenza. La solución idónea es admitir que da vergüenza ser dominicano debido a que los dominicanos dan vergüenza. Entonces los dominicanos a los que les da vergüenza en el extranjero ser dominicanos lo que hacen es distanciarse de los dominicanos que dan vergüenza, que son los que no pueden irse del país.

Aquí, por vergüenza, pues no vaya el lector a creer que soy un autor sinvergüenza, tengo que dejar a los dominicanos que se fueron del país porque les da vergüenza ser dominicanos para referirme a los dominicanos que sintiendo vergüenza de ser dominicanos no se han ido del país, no por amor a este país de mierda que lo que da es vergüenza sino que no se han ido porque tienen aquí compromisos familiares o porque no gustan de estar viajando y jodiendo en el extranjero, que si no fuera por eso se fueran de este maldito país que da vergüenza.

¡Oh maldito lector sinvergüenza que tienes la desvergüenza de estar leyendo esta maldita vaina del carajo! Te digo a ti que los dominicanos a quienes les da vergüenza ser dominicanos pero que no se van de este maldito país, son igualitos a los dominicanos que se largaron y que en el extranjero sienten la vergüenza de ser dominicanos. Y todavía tengo que referirme, lleno de vergüenza, a los dominicanos que les da vergüenza ser dominicanos que se fueron a casa del carajo pero que han tenido que regresar a este maldito país del diablo, que da vergüenza, porque aquí tienen cierto estatus, la mamá todavía viva, alguna propiedad; y na, que entonces regresan como si fuera en contra de su voluntad y con vergüenza.

Y todavía tengo que referirme a otros dominicanos, que son los que no tienen vergüenza, ¡qué vergüenza!, que no pueden irse ni en yola por miedo, ¡cobardes!; son los que van al consulado y el cónsul se caga en ellos y les niega la visa. Y lo que todavía es más vergonzante, tengo que referirme a los que no saben dónde está el consulado y no tienen aspiración alguna de irse en yola, gente de baja calaña.

Por vergüenza tengo que referirme a los que supuestamente son escritores, pseudo artistas, teatreros comesijalla, poetas de pacotilla, al conjunto en fin de intelectuales del patio que algunos dominicanos que sienten vergüenza de ser dominicanos y viven en el extranjero han determinado que esos -el conjunto de intelectuales del patio- viven en una especie de limbo y todavía peor y más grave, subsisten en un sempiterno autismo insular.

Uno se pregunta, lector autista que vives en este limbo, ¿puede una gentuza que no tiene siquiera aspiración de irse en yola ponerse a decir en este lodazal que se siente orgulloso de ser dominicano? ¡Pues no! ¡No, no, no y no!

Miguel D. Mena, Que Gracias A Dios Vive En Berlín hace muchos años, ha planteado muy seriamente este asunto de la partía de mequetrefes que pretenden decir que se sienten orgullosos de ser dominicanos. Miguel D. Mena jamás en su vida podrá decir que esté orgulloso de ser dominicano. Él sabe que los que están y los que son de este limbo no tienen que sentirse orgullosos de nada, y mucho menos de este país.

No conozco Berlín. Un amigo común, el eterno afable Jimmy Hungría, estuvo allí hace poco y cuando regresó tuve ocasión de expresarle mi sincera envidia. Si pudiera ir a Berlín es seguro que Miguel me recibiría allí, y pudiera ser testigo del estremecimiento que lo sacude desde que pisa cualquier país extranjero. Le sucede a él, al Miguel, y les sucede a los dominicanos que en el extranjero sienten vergüenza de ser dominicanos. Aunque no estoy autorizado, lo voy a revelar. Cuando camina por las calles de Berlín a Miguel D. Mena se le ve, a simple vista, la pcicatriz. Muchos no saben dónde él la tiene pero no se puede deshacer de ella. Mas sin duda la lleva en la siquitrilla. Eso sí, escríbase, cuando se trate del Miguel, como se debe: la psiquitrilla.

El escritor del patio, morador del limbo, autista y blanco de la tierra Manuel Mora Serrano, ha entregado hace poco la segunda edición de su noveleta Juego de dominó, y el libro trae como un apéndice un vocabulario de dominicanismos en el que incluye la voz siquitrilla, que define como la vida misma, el alma. Allí, en la psiquitrilla, lleva Miguel la pcicatriz de la dominicanidad, esa maldición vergonzante que él rechaza. Dicen que en la obscuridad de las salas de cine y de teatro, o en cualquier penumbra de Berlín, se le ve a Miguel en la psiquitrilla la luminosa pcicatriz. Por gracia o por desgracia él no puede sentir orgullo de ser dominicano. Este es un país que no merece el nombre de país, sino de tumba, féretro, hueco o sepultura.

Vetas número 79
Marzo de 2007

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