Crónica Literaria de Clodomiro Moquete

Tomado de la Revista Vetas número 56, mayo de 2001

Tenía trece años de edad y era parte de una tríada peligrosa, muy activa, dedicada a realizar toda suerte de maldades, hurtos, desorden y cuantas acciones violentas suelen inventar los mozos al entrar en la adolescencia. En verdad son años inolvidables. Se tienen los primeros amigos inseparables, la primera novia y, con suerte, la primera grave responsabilidad. Mis dos amigos de entonces eran Juan de la Cruz –que luego se convirtió en Juan Diloné cuando al fallecer su padre, Ramón de la Cruz, se descubrió que éste nunca declaró su nacimiento en la oficina existente para ello–; y Ernesto, de quien no recuerdo el apellido.

A los tres nos fascinaba robar en los patios, provocar y agredir a otros mozos en el río, decir palabrotas a las muchachas y faltar a las clases en la escuela. Adoptamos una jerigonza que habíamos escuchado de algún bateyero. Consistía en agregar determinados términos a las palabras de acuerdo con las distintas vocales. Por ejemplo, a las palabras terminadas en A, en Ar, As o An, se les agregaba «guara»; a las terminadas en E o en Er, En o Es se les agregaba «mullé»; a las en I o en Ir, o In o Is, «simí»; a las en O u Or, On y Os, «for»; y a las terminadas en U, o en Ur, Un o Us, «cachú». Por ejemplo, «muchacho» se pronunciaba «mucachú chaguara chofor». Muy pronto nadie podía entendernos en el pequeño municipio en el que me criaba, Ramón Santana, a quince kilómetros de San Pedro de Macorís.

La bullosa tríada comenzó a preocupar a la gente sensata del pueblo. Éramos demasiado «bellacos» y ya nos estábamos pasando de la raya.

Sucedió entonces algo que cambió radicalmente mi vida de cuasi delincuente. Estoy hablando del año 1959. En el pueblo había una academia y una Banda de Búsica, dirigida por un gran maestro, Vicente Simeoli Castillo. Mis hermanos mayores, Jacobo, Pedro y Héctor habían sido miembros de la Banda de Música, pero cada uno de ellos había emigrado a Santo Domingo por diversos motivos. El maestro Simeoli, como lo llamábamos, me citó a la Academia y me pidió que iniciara clases de solfeo. Sin más, me entregó un ejemplar del método de solfeo de Hilarión Eslava, que era el que entonces estaba en uso. Sencillamente me fascinó la clase de música en clave de sol y en sólo tres semanas el maestro Simeoli me consultó sobre el instrumento musical que me gustaría ejecutar. Maestro y discípulo nos decidimos por la trompa de armonía, debido a que ninguno de los miembros de la banda lo tocaba en ese momento.

Dadle a un niño huraño, desaliñado, indisciplinado, una trompa de armonía, nueva, y decidle es tuya mientras estés en la academia. Mi vida cambió radicalmente. A las siete de la mañana tenía que estar en la academia practicando el solfeo, a las ocho debía estar en la escuela en sétimo u octavo curso de la educación intermedia. Por la tarde debía practicar con mi trompa. Tres veces a la semana tenía que ensayar con la banda de música a las siete de la noche. No había tiempo para las travesuras del adolescente. Los demás miembros de mi pandilla comenzaron a verme con tirria y, por demás, me convertí en víctima de mis antiguos dos amigos, que trataban de agredirme cuando me encontraban, acusándome de que los había traicionado.

Sucedió entonces algo que me embelesó más todavía. El maestro Simeoli me informó que ya era miembro de la Banda de Búsica, que mi salario eran siete pesos mensuales y que a partir del siguiente domingo participaría en la retreta dominical en el parque del pueblo. La Banda de Música ensayaba el repertorio que tocaría el próximo domingo en la retreta, e incluía una pieza que contenía un solo para trompa de armonía. El maestro me informó que el solo sería pasado por alto porque yo era todavía muy novato para asumir esa responsabilidad. No se ensayó el solo.

El domingo, enfermo de alegría y felicidad, me puse mi uniforme de kaki, mi quepis, mi corbata y mis botas de músico. No podía creerlo. La Banda de Música se formaba en la calle, frente a la Academia, y a la orden de un batutero y entonando una marcha, se dirigía por varias calles hasta llegar al parque donde se iniciaba la retreta, que comenzaba en la glorieta con la interpretación del Himno Nacional. Era la retreta que recordamos con tanta nostalgia, la Banda de Música entonando distintas melodías, clásicas, modernas, criollas, románticas; las parejas paseando por las aceras internas y las que daban a las calles, los brindis de refrescos, dulces o pasteles; yo, el nuevo en la banda de música, orgulloso mirando de reojo a la niña que amaba sentada solitaria en un banco…

Aquella primera noche de retreta, cuando llegó el turno de interpretar la pieza de la que se había suprimido el solo de trompa de armonía, me salí con la mía. En el momento en que correspondía el solo, para sorpresa del maestro Simeoli y de los demás miembros de la Banda de Música, me puse de pie e interpreté mi solo. Fueron unos ocho, diez, doce segundos de expectación, de sorpresa; de angustia para el maestro Simeoli, que se ha quedado paralizado, mirándome. Sí, de angustia, de terrible angustia, porque el maestro Vicente Simeoli Castillo es muy exigente y el solo no había sido ensayado…

En realidad, el solo no había sido ensayado con el grupo, con la banda, pero yo le había dedicado toda la semana, en mi casa, porque no era verdad que me perdería la oportunidad de demostrar que sí podía hacerlo.

A las 9:30 de la noche la banda se forma en la calle, después de la interpretación del Himno Nacional que concluye la retreta en la glorieta, y regresa a la Academia entonando una marcha. Ya en ésta cada músico guarda su instrumento y nos despedimos hasta el día siguiente. Pero el maestro Simeoli me llama y me increpa, me da un boche delante de varios de los miembros de la banda de música. Me dice que al otro día, durante la clase de solfeo, a las siete de la mañana, me informará cuál sería la sanción que me iba a imponer.

Casi no dormí. El maestro podía suspenderme y aquello sería una desgracia. Por la mañana soy todo nervios. A las siete llego puntual a la academia con mi trompa de armonía y mi método de solfeo. El maestro Simeoli está impasible dando la lección a otros muchachos, en un cuartito, aparte, donde lo alcanzábamos a ver, serio, con su disciplina conocida.

Llega mi turno. Durante el tiempo que tengo practicando solfeo no he repetido ninguna lección, incluso la más difícil en la que por lo regular los muchachos tenían que repetir varias veces, como era la número 27 del método de Hilarión Eslava. El maestro me mira severo. Estamos de pie. Él se sienta en su butaca y me ordena que me siente en la silla que me corresponde. Se relaja como para ofrecer un fallo contundente y me dice que estuve perfecto, que la interpretación de mi solo la noche anterior le gustó mucho y que la pieza que tenía dicho solo sería incluida en el repertorio durante las próximas retretas.

No lo podía creer. Como conocía muy bien de mi estado de ánimo, me exoneró de solfear la lección que correspondía porque, sencillamente, los dos sabíamos que una mañana como aquélla no podía haber ningún fallo, todo tenía que ser hermoso y perfecto.

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